Cuando se adoraba y respetaba a Afrodita, antes de que ella y su sexualidad fueran profanadas, el hombre que acudía a su templo para participar en un ritual de comunión física, se acercaba a la mujer que representaba ser la encarnación de la Diosa con la esperanza o la certeza de que, a través de ella, podría experimentar a la Diosa. Ella era una sacerdotisa, no una prostituta: una mujer santa y no una pecadora.

En la tradición celta como en el relato de ficción “The Mists of Avalon “, Morgana era la Diosa cuando se acostó con Arturo, quien había demostrado ser digno de participar en el ritual de unión a través del cual un hombre se convertía en rey.

En el patriarcado, la sexualidad y la capacidad de dar a luz de la mujer pertenecen exclusivamente al marido y no a la propia mujer.

La sexualidad inspira miedo y se reprime. En nuestra memoria colectiva, las mujeres sabemos que los castigos contra la sexualidad no reprimida eran la lapidación, la violación y la prostitución forzada.

Por este motivo el miedo suele acompañar a los sentimientos sexuales prohibidos, porque recordamos que el poder de Dios y del hombre reprimieron a la Diosa y la autonomía de las mujeres

Jean Shinoda Bolen – Viaje a Avalon

Categorías: Sexualidad

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